Ahí estaba otra vez. De frente a la vida, con su mirada desafiante.
Su cuerpo estaba agotado por lo que recién acababa de enfrentar, pero
con una enorme satisfacción por lo vivido. Había sido difícil, un
obstáculo más, nuevas complicaciones, pero al final todo había resultado
bien.
Sin embargo, no sentía tranquilidad. Había una perturbación
dentro de su alma. Había una inquietud que le alertaba que algo nuevo se
acercaba. Mientras mejor parecía estar todo, más se intensificaba esa
sensación. No era nuevo que sintiera esos presentimientos cuando iban a
suceder los cambios importantes en su vida. Eran los poderes que había
logrado obtener de sus antepasados. Pero la sensación que sentía en este
momento jamás la había vivido. No existía esa ansiedad característica
de su persona, ni esa necesidad de estar siempre en movimiento para
mantener la calma. Al contrario, permanecía inmóvil, como si así pudiese
ser capaz de sentir de mejor manera el mensaje que estaba recibiendo.
Nada se aclaraba, nada sucedía.
En algún momento, sin saber si habían pasado sólo minutos o
varias horas, sintió la frescura del viento otoñal en su rostro. Un
segundo de relajo y una respiración profunda antes de que su nueva
determinación se apoderara de su mente. Su mirada cambió. Hace años que
no pasaba una brisa en aquel lugar.
Ese viento, en aquel momento, fue el que empezó todo.